domingo, 23 de octubre de 2011

CUARENTA AÑOS

La amistad es un ingrediente importante en la receta de la vida.
Un amigo es aquel que conoce todos tus defectos y a pesar de ello te quiere.
La amistad duplica nuestras alegrías y divide nuestra tristeza

Es un inmenso gusto, que el pretexto de mi cumpleaños, haya permitido reunirme con los queridos amigos y amigas, tan cercanos a mí en las diferentes etapas de mi vida.
La verdad es que, una sorpresa tan agradable como ésta, solo podía ser posible por la bondad de mi querida esposa Glorita, y por la generosidad de ustedes, que han acudido al llamado de la amistad sin tiempo, dejando de lado con seguridad otros asuntos realmente importantes.
Sin dejar de reconocer la gran alegría que siento por completar las cuatro décadas de vida, no puedo dejar de decir que me asombra e intranquiliza aceptar el hecho ineludible del paso del tiempo. Seguramente será porque mi vida ha estado llena de bendiciones y porque guardo intactos, tantos buenos recuerdos de mi infancia, de mi niñez, de mi adolescencia, de mi juventud universitaria; casi, como si hubieran sucedido ayer.
Es más, al verlos reunidos a todos ustedes, tengo la impresión equivocada de que se trata de alguna reunión o baile de mi juventud, organizada con mis compañeros de colegio en la casa de mis padres en la calle Ramón Pinto y Av. Mercadillo, pero no es así………. Es algo mucho mejor, porque estoy con los mismos amigos de siempre y con otros amigos que la vida generosa me los ha puesto en mi camino para disfrutar de su amistad siempre, pero ahora en calidad de adultos, de padres, de madres, y de seres humanos que podemos decir que hemos sentido las consecuencia de vivir en el mundo de la gente adulta.
Los primeros recuerdos de mi niñez constituyen los juegos sin descanso con mis iniciales amigos de vida Pedro y Ramiro Armijos Valdivieso -mis hermanos- y, por supuesto con mis primos Aguirre-Valdivieso y Gallardo-Armijos. Fue una época que la viví con la fe y la alegría de los que todavía pueden contar los años de edad con los dedos de la mano, pues al fin y al cabo una de las trampas de la infancia es que todo se hace lindo y bueno, pues no hace falta comprender las cosas para sentirlas.
La Escuela de los Hermanos Cristianos La Salle, me permitió ampliar el pequeño grupo familiar de amigos sobre el cual giraba mi vida, como pedacito de gente que era yo en aquel entonces.
Uno de ellos fue Gabriel Alvarez García, aquí presente quien precisamente en este día también se está haciendo cuarentón.
Mi mundo escolar a más de las actividades de estudio, estuvo marcado por los partidos de fútbol sin reglas, los paseos a la montaña “Ventanas”, el programa televisivo del Tío Jhonny, los dibujos animados de Shazan el Mago y Marino Boy con la Patrulla Interoceánica; también por las peleas de robots gigantes protagonizadas por Ultraman y Ultrasiete; por los primeros juegos de video reproducidos en El Atari; por los Calquitos y los Tatuines que me hacían sentir un pequeño artista; por las camisetas rascables de olores para estar a la moda; por la fiebre de Los Titanes en el Ring Argentinos (Martín Karadagian, Caballero Rojo, La Momia, Pepino y Yolanka) que me hicieron sentir un verdadero gladiador; por la película de Las Guerras de las Galaxias que despertaron en mí una adicción al cine que la mantengo y entiendo que será por toda la vida; las revistas semanales de Kaliman, Arandú, Águila Solitaria, Orión, Starman y Kendor compradas religiosamente por mi madre Magdalena en su visita al Mercado Central, que todavía las conservo y forman parte principal de mi pequeña biblioteca formada con los años; por las estancias de agosto en La Toma en la casa de mis padres; por las colecciones de cromos pegados con engrudo; por el Filipatín, el Monopatín, y por los manjares de comida comprados en el Bar de mi escuelita: los platos de mote con tortilla de papa y mortadela o salchicha, las cañas, las helenas, los collares de quiques, los milkibar, y las colas Nelchi y Gallito.
Todo eso, las amistades y los juegos de mi barrio en la calle Mercadillo, y alguna otra pequeña cosa que se me escapa, fueron suficientes para hacerme realmente feliz, como entiendo hizo felices a muchos de mis amigos.
Pero la niñez no dura para siempre, y cuando se acaba empuja intempestivamente hacia la adolescencia.
Mi adolescencia la viví en el Colegio Marista y en el Colegio Bernardo Valdivieso para optar por la especialización en Ciencias Sociales, única puerta para alcanzar la profesión de mis abuelos, la abogacía. Fue la época de la primavera, del descubrimiento, de la transformación y de la inquietud.
Llegaron los primeros bailes vespertinos, las primeras escapadas de mi hogar, la música en inglés, las baladas de Luis Miguel, de Miguel Bosé, de Pablo Milanés, de Franco de Vitta y de Piero; las fiesta de 15 años, la preferencia por los zapatos deportivos o ketas en términos lojano, las asistencias los domingos a las retretas en el Parque Central, los funciones de Cine en el Teatro “El Dorado”, las tertulias y cortejos en el Portal Burguer, en El Viejo Minero, en La Taberna de Cincinnati, o en Santiagos Bar; los Carnavales en el Parador Turístico de Vilcabamba; los paseos al salir de los exámenes colegiales en el “tontódromo” de las calles Rocafuerte, Bolívar, 10 de agosto y Bernardo Valdivieso, y eventualmente la asistencia a conciertos musicales de Franco de Vita y de Piero desarrollado en el Coliseo del Colegio Marista.
En un abrir y cerrar de ojos la adolescencia llegó a su fin para dar paso a la juventud. Terminé el Colegio y fuimos con los amigos a la Universidad a prepararnos para buscar un espacio en el mundo de los adultos.
Eran tiempos de estudio, de fascinación por la primeras clases de derecho, de las primeras responsabilidades laborales, de los primeros bienes adquiridos con dinero propio; personalmente siempre lo gasté en dos de mis pasiones, los libros y las computadoras que debo decirlo me brindaron un amigo excepcional hasta hoy - Patricio Coronel Ludeña-. Claro que también hubo tiempo, para ir a la Discoteca y a los viajes fuera de Loja, entre otras cosas.
En mi caso, terminada la época Universitaria, llegó a mi vida Gloria del Carmen, mi esposa, a quien amo y debo tanto, por ser la mujer que siempre busqué para unirme por siempre y por darme las mayores alegrías que he tenido en mi vida, Santiago Alonso y Danielita.
La época de aprendiz de padre fue indescriptiblemente bella, y me atrevo a decir que finalmente nunca se acaba de aprender completamente tan compleja y grandiosa tarea.
Paralelamente a ello, me llegó la etapa profesional y con ello responsabilidades del mundo adulto.
Este versión corta de mi vida, se ha desarrollado en 40 años míos y en 40 años de ustedes queridos amigos. Y precisamente ese es el pequeño pretexto que permite que ocurra el verdadero motivo de alegría de esta reunión que no es otro que estar juntos aunque sea por unas pocas horas, para que nuevamente me permitan tener el privilegio de ser parte de vuestras vidas.
Al agradecerles de todo corazón por la compañía, quiero decirles que soy un hombre bendecido por Dios, al darme tanta felicidad sin merecerla, y especialmente por permitirme estar con salud y vida junto a mi esposa, a mis hijos, a mi padre y a mi madre, a mis hermanos, a mis suegros, a mis parientes y a mis amigos y amigas que son ustedes.
Concluyo esta interrupción, citando tres frases que las considero hermosas y ciertas, la primera de CarlosRuíz Zafon: “EL OCÉANO DEL TIEMPO TARDE O TEMPRANO NOS DEVUELVE LOS RECUERDOS QUE ENTERRAMOS EN ÉL”; la segunda es de Mario Vargas Llosa: "VALE LA PENA VIVIR, AUNQUE FUERA SOLO PORQUE SIN LA VIDA NO PODRÍAMOS LEER NI FANTASEAR HISTORIAS"; y la tercera es de Gabriel García Márquez: “LA VIDA NO ES LA QUE UNO VIVIÓ, SINO LA QUE UNO RECUERDA Y CÓMO LA RECUERDA PARA CONTARLA”
Gracias por permitirme volver a vivir estos recuerdos tan míos y ahora vuestros también.

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