jueves, 27 de diciembre de 2018

Un fin de año en Loja



Aprovechando el cómodo feriado de cuatro días dispuesto por el Gobierno Nacional, despertarás a las ocho de la mañana del día lunes 31 de diciembre de 2018. Si estás casado lo harás despacio y con precaución para no molestar a tu pareja. 

Vestirás alguna prenda cómoda y llamarás por teléfono a los amigos más cercanos para saborear algún apetitoso plato en la Pescadería Piscis, en la Picantería 10 de Agosto, en la Marisquería 200 Millas o en el Salón de Fritadas Don Pepe. 

Empujarás el alimento metido entre pecho y espalda con una o varias  cervezas heladas (si estás con gripe beberás horchata tibia) y junto a los confidentes harás el inventario del año que se va, procurando lamer y curar tus heridas de vida con algarabía, bromas chispeantes  y anécdotas punzantes. 

A las doce del día no podrás escapar fácilmente de la jocosa reunión con tus compinches, pero ante las llamadas intensas e insistentes de tu esposa y de tus hijos saldrás disparado a invitarlos al almuerzo de un pollo asado con consomé y papas fritas.

En la tarde visitarás junto a los más pequeños de la casa, la feria de pirotecnia del Parque Infantil y comprarás un poco de candela estruendosa, diablillos y torpedos que, los embutirás  en el muñeco de aserrín que por pereza o inutilidad no lo hiciste, pero lo compraste hecho para despedir al viejo.

A las cuatro de la tarde, junto a los tuyos, con algo de resaca y con llenura hasta el cogote por los dos almuerzos que te zampaste,  saldrás a pasear en tu vehículo junto a la familia en un tráfico endemoniado y tratarás de disfrutar de los ingeniosos monigotes que se exhiben en los diferentes barrios de la ciudad, aprovisionándote previamente de una libra de monedas para entregárselas de limosna a las viudas pedigüeñas y así evitar que te atoren con sus coloridos besos y sus hirsutos bigotes.

Darán las ocho de la noche y te vestirás con tus mejores trapos para salir a la fiesta de fin de año en la casa de habitación de algún pariente y amigo que te invitó previo pago de una justa cuota. Encendida la fiesta estarás feliz, te olvidarás de la exigente realidad que marca la cotidianidad de tu vida,  bailarás como puedas la insustituible cumbia “yo no olvido al año viejo” y brindarás alguna bebida espirituosa con los invitados, invocando mejores días.

A las doce de la noche quemarás el año viejo, lo saltarás tres veces, agradecerás al cielo por todo lo recibido  y pedirás al todopoderoso que te conceda más vida y salud para estar junto a los que más quieres.

Y así terminarás un año más, entre la sencillez, la espontaneidad y el positivismo que caracteriza a los lojanos, quienes desde hace tiempo decidieron no ser, ni más ni menos que nadie; eso sí, siempre querendones y orgullosos de la hermosa Loja. 

Un venturoso año nuevo.


jueves, 29 de noviembre de 2018

Pablo Palacio y Loja, su tierra natal


No hay duda que la corta pero impresionante obra literaria del lojano Pablo Palacio (1906-1947) ha tenido enorme trascendencia en la  literatura ecuatoriana; su genialidad para narrar relatos extraordinarios, pintados con la rara tinta de la muerte, la tristeza, la soledad, el suicidio, el asesinato, los puntapiés, la horca,  y la locura, le permitieron romper con atrevimiento los imperturbables cánones literarios en el Ecuador, consagrados en aquellos tiempos a la creación de obras vinculadas con el realismo social: Huasipungo ( Jorge Icaza), Los Sangurimas (José de la Cuadra),  Don Goyo (Demetrio Aguilera Malta), Humo en las Eras (Eduardo Mora Moreno), entre otras.  

El talento de Palacio para construir historias vanguardistas, perturbadoras y fascinantes, lo llevó a convertirse a inicios de su carrera  en un escritor aislado y extravagante, cuyo origen provinciano limitaba su carrera de escritor. Frente a todo ello, su inquebrantable temperamento, tan característico en aquellas criaturas que son moldeadas por los rigores despiadados de la vida, le permitió abrirse espacio y ganar reconocimiento en los círculos intelectuales de Quito.

Respaldo mis asertos en lo dicho por María del Carmen Fernández en su Estudio introductorio a las Obras Completas de Pablo Palacio, publicadas en el número 141 de la Colección Antares de la Editorial Libresa:

“(…) A esta aureola de misterio que envuelve la vida de Pablo Palacio se suma otro obstáculo que ha venido a fomentar esta ambigua correlación entre la vida y la obra del escritor: el triunfo del realismo social en arte, definitivo desde que Jorge Icaza publicara Huasipungo en 1934 y asumido como la estética oficial ecuatoriana durante 30 años, relegó al olvido a una tendencia de vanguardia, psicológica y experimental, alimentada por los -ismos- europeos e hispanoamericanos, en la que Palacio encuentra su lugar. De este modo, la narrativa palaciana se revelaría como  -una isla-   , como -un caso extraordinario y único-, inexplicable en el medio en que surgió pero comprensible como el producto de la -atormentada mente- de su autor. Hubo que esperar a los años 60, a la valoración de Joyce, Kafka y Proust, al nacimiento del nouveau roman y del llamado boom latinoamericano, al rescate de toda una corriente sumergida continental desarrollada en los años 20 y 30 , a la que pertenecía Macedonio Fernández, Roberto Arlt, Julio Garmendia, Vicente Huidrovo o Martín Adán, entre otros varguardistas; para que Palacio empezara a ser considerado como estos últimos escritores, un precursor; un precursos maldito; sin embargo, pues su carácter íslico en el contexto ecuatoriano sólo comenzó a perderlo con los estudios de Humberto Robles, Miguel Donoso y, sobre todo, con El realismo abierto de Pablo Palacio (…).

Ahora bien, consciente que la vida y obra de Palacio ha sido analizada y estudiada ampliamente por la crítica y por la academia ecuatoriana, pretendo a través de este modesto trabajo referir algunos hechos desconocidos en torno a este autor de quilates, que los he podido encontrar gracias a información proporcionada por algunos de sus parientes consanguíneos que aún viven en la ciudad de Loja, con quienes guardo amistad desde hace años y mantengo una afectuosa y estrecha relación política a través de mi esposa, Gloria Palacio Valdivieso. Con esa necesaria aclaración inicial empiezo mi cometido.


1.      Consanguíneos de Pablo en Loja y la enfermedad mental de su primo Julio César Palacio Palacio.
Pablo Arturo Palacio nació en Loja el 25 de enero de 1906; su madre llamó Clementina  Palacio Suárez, nacida en 1880, y sus tíos maternos en quienes encontró su única familia,  dado que no fue reconocido por su padre, fueron: José Ángel, Hortensia, Teresa, Rosa y Gertrudis Palacio Suárez.

En el año de nacimiento de Pablo (1906, su familia residía en una casa arrendada en un sitio aledaño a  la casa denominada La Chorrera  del barrio El Pedestal, en la que años más tarde funcionara el Diario La Verdad; dicha casa en la actualidad estaría ubicada en lo que hoy es  la calle Nicolás García y José Antonio Eguiguren. 

La necesidad de arrendar vivienda por parte de los Palacio se daba porque a esa fecha la posición económica de José Ángel Palacio Suárez, quien hacía cabeza de familia, no era de lo mejor, o al menos no había alcanzado la comodidad de años posteriores. De aquel esclarecedor hecho se puede deducir que Pablo Arturo nació en dicha casa y que desde el inicio de su vida tuvo la protección de su tío José Ángel, quien, aunque inicialmente tuvo contrariedad por el nacimiento del hijo sin padre de su hermana Clementina, asumió la figura de padre, prodigándole cuidado y manutención.

Las condiciones económicas de José Ángel, tío-padre de Pablo, mejoraron sustancialmente con el tiempo gracias al trabajo incansable en labores agrícolas, forestales y ganaderas, permitiéndole el 4 de septiembre de 1918 adquirir al señor Víctor Aurelio Guerrero, la casa ubicada en la calle 18 de noviembre y 10 de Agosto, a la que la familia Palacio Suárez (entre ellos Pablo) se trasladó a residir. 

A la presente fecha, la familia Palacio conserva en propiedad dicho inmueble en el que a temprana edad Pablo Arturo fue a vivir junto a su tío y tías maternas, pero lamentablemente sin su madre, quien falleció inesperadamente cuando tenía aproximadamente 3 años de edad.

Se sabe que la señorita Rosa Palacio Suarez, tía soltera del escritor, fue quien dedicó gran parte de su tiempo al cuidado del crío huérfano, aunque también participaron en su atención las tías Hortensia, Teresa y Gertrudis Palacio Suárez.

La tía Hortensia Palacio Suárez fue de las primeras en casarse y lo hizo con el señor Agustín Alberto Palacio Riofrío, con quien procreó cuatro hijos,  quienes tuvieron pleno contacto familiar con su primo hermano Pablo. Ellos fueron Agustín Alfonso (1912),  Rosa Elvira (1918), Julio César (1921) e Imelda Alejandrina  Palacio Palacio (1924).

El primo hermano Alfonso Palacio Palacio que nació con seis años de diferencia, es decir en 1912, fue quien tuvo mayor relación con su primo mayor Pablo Arturo, tomando en cuenta que vivieron  juntos tanto en la casa arrendada de la calle que hoy se llama Nicolás García como posteriormente en la casa de propiedad del tío común José Ángel Palacio, ubicada en la calle 18 de noviembre y 10 de Agosto.

Julio César Palacio Palacio, primo del autor, es un caso que merece especial mención en este trabajo, porque su vida tuvo como denominador común con el escritor tres hechos contundentes y de asombrosa coincidencia: la inclinación por las letras, un accidente sufrido a tierna edad, y una prematura pérdida de la razón que lo mantuvo en las sombras de un manicomio en la ciudad de Quito hasta su muerte.

La información obtenida revela que Julio César Palacio Palacio, nacido en 1921, tuvo una grave caída a los 3 años de edad, en una acequia de la hacienda Shushuhuayco, propiedad de su tío José Ángel Palacio, ubicada en la salida de la vía de Loja a Catamayo. Dicho accidente fue producto de un descuido de una criada que permitió que el pañolón en el que cargaba al niño a sus espaldas se soltara. Como consecuencia de ello, el niño Julio César estuvo al borde de la muerte, aunque con atenciones médicas pudo reponerse para continuar su vida en forma normal. Aunque no he podido encontrar documentos de sustento, pero confiando plenamente en la veracidad de los datos proporcionados por Alonso y Celso Palacio Riofrío, Julio César en los últimos años de secundaria en el Colegio Bernardo Valdivieso ganó un concurso nacional de literatura, gracias a varios poemas escritos; lamentablemente a la edad de 17 años, tan cuanto culminó la secundaria, tuvo un severo quebranto en su salud mental y fue internado de manera indefinida  en un manicomio en Quito, en el que murió a una edad cercana a los sesenta años. Se dice que Pablo visitó varias veces al primo enfermo, lo cual es absolutamente creíble dado que Julio César fue internado en 1938, es decir, quince años después de que Pablo fuera a vivir en la capital, esto es en 1923. Es posible que la terrible enfermedad de Julio César haya impactado profundamente en la sensibilidad de su primo hermano Pablo Arturo y porque no, haber contribuido a inspirar la escritura del impresionante cuento Luz Lateral, en el cual hay rastros de que el mundo de la locura empezaba a atormentar y rondar la vida del autor de Un hombre muerto a puntapiés, Débora y Vida del Ahorcado.

2.- Protección y distanciamiento con el tío José Ángel Palacio Suárez.Como lo dije, el primer contacto entre Pablo y su tío José Ángel no fue el mejor, si se considera que en 1906 la llegada de un hijo de madre soltera en la conservadora ciudad de Loja era un hecho de total incomodidad para la familia, y más aún para una de aquellas que estaba ligada estrechamente con los estrictos lineamientos de la religión católica; a más de ello, el asunto no era tema solamente para la religión sino también para el derecho que, en aquellos tiempos establecía una retrógrada clasificación jurídica respecto a los hijos, diferenciándolos entre legítimos e ilegítimos, y  a éstos últimos marcándolos social y jurídicamente  con el injusto y candente hierro del Art. 31 Código Civil Ecuatoriano vigente en aquel tiempo que expresaba:

“Art. 31.- Los hijos ilegítimos son, o naturales o de dañado ayuntamiento, o simplemente ilegítimos. Se llaman naturales, los hijos nacidos de padres que, al tiempo de la concepción o del nacimiento, podían casarse legítimamente sin necesidad de dispensa. Se llaman de dañado ayuntamiento, los adulterinos, incestuosos y sacrílegos. Los que no son reconocidos como naturales, ni provienen de dañado ayuntamiento, se llaman simplemente ilegítimos".

Pese a todo ello, en el corazón de José Ángel Palacio triunfó el afecto y responsabilidad que brota de la sangre,  tanto para con su hermana Clementina como para con su sobrino Pablo; lo cual permitió que los cobije tanto con su protección como con su bolsillo que con el tiempo y el trabajo honesto había crecido para beneficio de toda su numerosa familia, integrada por hermanas y sobrinos, dada su condición de hombre soltero.Aunque José Ángel Palacio pudo terminar solamente la primaria, siempre tuvo la suficiente inteligencia para trabajar ejemplarmente, realizar obra social y estimular la educación de sus familiares. Aquello fue decisivo en la formación intelectual y profesional de Pablo, tanto en la Escuela de los Hermanos Cristianos de Loja, en el Colegio Bernardo Valdivieso y en la Universidad Central del Ecuador en Quito.

Entre la familia del escritor que aún vive en Loja, se comenta que José Ángel Palacio sufrió tres enormes contrariedades por su sobrino Pablo Arturo. La primera porque incumplió la promesa que le hiciera al salir de Loja de estudiar medicina en la Universidad Central; la segunda por haber publicado el libro Un hombre muerto a puntapiés, en la que equivocadamente el tío José Ángel entendió –sin haberlo leído y ante un impreciso titular de periódico- que la obra contenía una terrible confesión de Pablo en la que con desfachatez y detalle revelaba el cometimiento de un espantoso crimen; y la tercera por haberse hecho militante del Partido Socialista contraviniendo la formación conservadora recibida en la familia.

Está claro que todas estas situaciones provocaron que el contrariado tío  corte la ayuda económica al sobrino universitario en Quito e interrumpa la estrecha relación familiar existente entre ambos; sin embargo quienes afirman que esto fue definitivo se equivocan, ya que con el pasar del tiempo y con la disminución de la calentura de los sucesos, los cercanos parientes retomaron relaciones en un marco de madurez y respeto entre un tío provinciano conservador y un sobrino intelectual socialista que con muchos méritos y a codazos, logró situarse en las cumbres literarias de la capital de la República.    3.- Salida y visitas a Loja.Como consecuencia de los durísimos años que le tocó vivir a Pablo en su ciudad natal, en la que no fue reconocido por su padre, sufrió un accidente gravísimo que le provocó varios traumatismos en su cabeza, y perdió a temprana edad a su madre, se ha dicho  equivocadamente que el escritor  luego de graduarse de bachiller salió de Loja a Quito para no regresar jamás. 

Quienes creen en ello encuentran evidencia fundamental en la carta que el autor de Débora le enviara al intelectual lojano Carlos Manuel Espinosa el 11 de febrero de 1935, en la que le dice:

“Carlos: Ruéguele a Dios, Carlos –ustedes que le tienen allá cerca-, que nunca permita que yo me vea obligado a regresar a mi pueblo. Caramba, cuando me pongo a pensar que esto tiene visos de posibilidad, soy capaz hasta de echar una lagrimita.- Hasta luego.- Palacio.” 

Sin embargo, considero que aquello no es prueba suficiente para afirmar  que Palacio jamás regreso a Loja. Como primera razón porque los términos utilizados en dicha misiva no deben ser entendidos literalmente, sino como lo que son, expresiones jocosas y de camaradería en la que prima la ocurrencia, impronta marcada en las letras palacianas y, como segunda razón por las varias referencias serias que narran sucesos acontecidos en la ciudad de Loja, en los que Pablo Palacio estuvo presente. Para sustentar lo dicho referiré dos hechos que los considero importantes y merecedores de toda credibilidad.

El primero se encuentra en la referencia que sobre el regreso de Pablo Palacio a Loja escribiera el ensayista lojano, Dr. Arturo Armijos Ayala –con sano orgullo mi abuelo paterno- en su libro Semblanzas y Ensayos Literarios, publicado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Loja, cuyo texto es imprescindible transcribir para su exacto entendimiento:


“Falso de toda falsedad, que Palacio no regresó más a su ciudad natal Loja. Regresó. El mentís que damos a los dos intelectuales lojanos, se fundamenta en la fotografía que el autor de estas notas conserva y que está a disposición de quienes quieran comprobar la verdad de este mi aserto. La fotografía lleva anotada por el fotógrafo que la tomó, al pie de la misma –en manuscrito fotográfico-, la fecha 1 de junio de 1934 y en ella puede verse a nuestro personaje ocupando el centro de la misma y rodeado de los doctores Pedro Víctor Falconí, Alfredo y José Miguel Mora Reyes, Manuel Agustín Aguirre, Ángel F. Rojas, Eduardo Mora Moreno, Agustín Paladines, Mayor Julio Pareja, Capitán Leonidas Moncayo, Teniente Hugo Silva; universitarios: Eduardo Ludeña, Eduardo Guzmán Matamoros, Lauro Ludeña y varios trabajadores. El paseo campestre donde se tomó la fotografía la hizo “Vanguardia Socialista Revolucionaria”. El Partido Socialista le hizo invitación anterior a “El Valle”, a la que concurrió buena parte de los que aparecen en la fotografía referida. De aquel agasajo no existe fotografía alguna. La verdad es que la mayor parte de sus amigos estaban afiliados en las dos agrupaciones políticas y alternaron en los homenajes de afecto y admiración rendidos al gran escritor. Yo estuve en la invitación del Partido Socialista al que perteneciera el ilustre lojano y doy fe de haberlo visto departiendo de la manera más alegre y afectuosa con sus correligionarios y coterráneos. Sentados a su alrededor muchos que no lo habíamos conocido, por razones de diferente edad; sentados en la alfombra natural que la verde hierba de la plaza parroquial de “El Valle” nos brindara, mirábamos fijamente al escritor cuya fama hacía sentirse orgullosa a Loja. No perdíamos uno de sus movimientos ni una de sus palabras de su aguda, humorista y chispeante conversación; y tratábamos de encontrar en su fino rostro y en su bien modelada cabeza, las cicatrices que debía tenerlas si era cierto lo que había contado Benjamín Carrión sobre el episodio un tanto novelesco pero enteramente sugestivo y ameno, de lo acaecido en la “Chorrera del Pedestal”; y queríamos, además, constatar si era cierto lo que el joven cultor de la literatura ecuatoriana había dicho de él –humorista genial-, que tenía “risa de potrillo tierno”. No pudimos ver ni las cicatrices –que deben haber estado ocultas bajo su castaño y ondulado cabello- ni la “risa de potrillo tierno (…)”.

El segundo hecho que confirma el retorno a Loja del laureado escritor se remonta a 1999, cuando en serena y confidencial conversación que mantuve con la distinguida matrona lojana, Doña Carmen Amalia Riofrío Burneo viuda de Alfonso Palacio Palacio, primo hermano de Pablo, me contó con dulzura y algo de emoción que había conocido al literato en dos o tres visitas que el connotado intelectual hizo a Loja para encontrarse con sus familiares y especialmente con su tío José Ángel Palacio Suárez; adicionalmente la respetable dama me reveló que el lugar de reunión fue la casa ubicada en la calle 18 de Noviembre y 10 de Agosto (propiedad de José Ángel). Así mismo, la matrona recordó que aquello había sucedido en 1940 en que Pablo contaba con 34 años aproximadamente. El revelador relato oral también refirió que el escritor tenía aspecto distinguido, de contextura delgada y cabello de color entre castaño y rojizo, algo ensortijado; su comportamiento amable, elegante y respetuoso con todos los familiares y de manera especial con el patriarca de su familia José Ángel Palacio.
Lo relatado por la ejemplar dama fue también escuchado en varias ocasiones por algunos  de sus hijos; uno de ellos, Alonso Palacio Riofrío que actualmente vive en Loja en la casa céntrica de la familia Palacio me ratificó lo que logré escuchar de labios de su madre respecto al brillante literato.

Por lo indicado, considero que es errónea la afirmación de que un Pablo resentido jamás regresó a Loja; pues, aunque duras circunstancias  rodearon los primeros años de su vida, se debe reconocer que también sintió el cariño de sus familiares más cercanos, las primeras alegrías de la ciudad pequeña, las iniciales emociones por haber escrito las primeras letras, y los nacientes latidos románticos de la pubertad. En definitiva, en Loja se pintó el paisaje emocional de Palacio, no sólo con episodios tristes, sino también con pasajes felices y mágicos en los que sintió el afecto y solidaridad de su familia Palacio que no lo dejó solo y le ayudó a enfrentar los brutales embates de la vida.

4. El vanguardista inigualable.El primer contacto que tuve con las letras de Pablo Palacio fue a través de su libro de cuentos Un hombre muerto a puntapiés, manifestación clarísima de su genialidad que, desafiando los temas literarios que se imponían en el Ecuador,  logró construir relatos vanguardistas asombrosos, inalcanzables e inimaginables para cualquier escritor del momento, en los cuales abordó con precisión quirúrgica e  ironía insuperable temas tabú para la  sociedad: la homosexualidad, la pederastia, la infidelidad,  el canibalismo social, la injusticia de la “justicia”, la locura, el suicidio y la muerte.

Leer y releer cada uno de los nueve extraordinarios cuentos que integran la obra citada: Un hombre muerte a puntapiés, El Antropófago, Brujerías, Las mujeres miran a las estrellas, Luz lateral, La doble y única mujer, El cuento, ¡Señora!, y, Relato de la muy sensible desgracia acaecida en la persona del joven Z, dejan al lector sin aliento, con el corazón en la boca y de una sola pieza.

Su novela Débora es una extraña pero deliciosa historia anti romántica cuya  asimilación es difícil; el protagonista es un militar con rango de Teniente que busca desesperadamente el amor no correspondido de una mujer que se desdobla en dos.Por su parte, La Vida del ahorcado, novela subjetiva publicada  en 1932, está compuesta por varios relatos  aparentemente desordenados y sin relación entre sí, pero que mágicamente logran construir una extraña historia de amor entre el protagonista Andrés Farinango y una joven llamada Ana. Esa misma historia narra el deterioro de esa relación y el terrible asesinato del hijo de los enamorados.

Estas joyas literarias, sumadas a otros relatos como El Huerfanito, Amor y Muerte, El frío, Los aldeanos, Rosita Elguero, Un nuevo caso de Mariage en Trois, Gente de provincias, Comedia Inmortal, Novela Guillotinada, Una mujer y luego pollo frito, Sierra, Una carta, un hombre y algunas cosas más, son irrepetibles, oro en polvo, diamantes que no brotan de la tierra sino de una inteligencia superdotada que fue esculpida y engrandecida con los brutales martillazos  de la adversidad, de la necesidad, de la desesperación y del miedo a la locura.

5.- Pablo y su aporte a la cultura de Loja.  
A no dudarlo, Pablo Palacio es una de las glorias culturales de Loja que en su corta pero trascendental vida  luchó contra el abandono, la lejanía  y el olvido que envolvían al encapotado cielo de nuestro terruño, que  a inicios del siglo XX,  como náufrago se aferraba a la literatura  para hacer saber de su existencia al Ecuador y al mundo.

Los hijos de su intelecto y luminosidad  que son sus novelas, ensayos, poemas, artículos y discursos, siendo concebidos en lo más profundo de las cavidades de su ingenio,  tuvieron desde su nacimiento la huella de la perennidad y el porte necesario para trascender indefinidamente en el intelecto de sus lectores y particularmente en el de aquellos que son amantes de la buena literatura. Digo indefinidamente porque obras como Un hombre muerto a puntapiés, Débora o Vida del Ahorcado, desafiando el transcurrir de lustros y décadas siguen siendo devoradas y estudiadas por lectores de distinta índole, con la misma pasión, magnetismo y curiosidad desde que aparecieron en el escenario literario ecuatoriano.

Sobre su personalidad descollante se han tejido mitos y con sobradas razones se lo ha catalogado como un superhéroe de la inteligencia que supo ganar a las  adversidades que se le pusieron en frente. Sus éxitos han sido de tal magnitud que han permitido cobijar y engrandecer a la lojanidad, al punto que cuando un lojano visita otros terruños y siente la necesidad de revelar lo más distinguido de la campiña a la que pertenece, siempre está presente Pablo y sus obras, en expreso reconocimiento a quien alcanzó las más altas cumbres de la inteligencia.

Las obras de Pablo Palacio  han producido y seguirán produciendo  cataratas de luz y de brillo para Loja y simultáneamente serán enorme ejemplo para las generaciones de hoy y del futuro.
La mejor forma de honrar su legado será leer y releer sus obras, investigar sus anhelos, sus frustraciones, sus demonios, sus alegrías;  y por supuesto sus proyectos intelectuales que lamentablemente se interrumpieron en las catacumbas de la locura y de la muerte.  

Su nombre será siempre un fabuloso referente  para los escritores en formación,  y un enorme estímulo para abrazar con mayor fuerza, esta pasión, vicio y maravilla que es la literatura.

6.- Bibliografía.

Armijos Ayala, Arturo. Semblanzas y ensayos literarios, Editorial Cosmos,  aval de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Manuel Benjamín Carrión” Núcleo Provincial de Loja, Loja, 1984.

Carrión Aguirre, Alejandro. El último rincón del mundo (II) ensayos literarios y recuerdos. Editorial Gustavo Serrano de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Núcleo de Loja, Loja, 2015.

Fernández, María del Carmen. Estudio Introductorio a Obras Completas de Pablo Palacio, Colección Antares número 141, Editorial LIBRESA, Quito, 2015.

Palacio, Pablo. Obras Completas, Colección Antares número 141, Editorial LIBRESA, Quito, 2015.


7. Entrevistas a familiares de Pablo Palacio.

Al Doctor César Alonso Palacio Riofrío en la ciudad de Loja el 10 de septiembre de 2017.

Al Ingeniero Celso Benigno Palacio Riofrío el 24 de septiembre de 2017.


8.Fotos.

IV Nacional de Literatura Pablo Palacio 2017.  Teatro de Artes Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Loja
Pablo Palacio Palacios (hijo del escritor) y Santiago Armijos Valdivieso, autor de este ensayo, presentado en el IV Simposio Nacional de Literatura PABLO PALACIO 2017, realizado en el Teatro de Artes de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Loja.



miércoles, 21 de noviembre de 2018

Alcalde, una o dos vueltas




Al revisar los resultados electorales de las últimas elecciones seccionales del Ecuador, realizadas el 29 de febrero 2014, se puede establecer que de los 16 cantones lojanos, solamente Gonzanamá y Sozoranga  eligieron a sus alcaldes con más del 50% de los electores. El caso del cantón Loja es el que más llama la atención porque  el alcalde fue designado con apenas el 30,26 % del electorado (sin considerar el ausentismo), siendo  el menor porcentaje para elegir a un burgomaestre de toda la provincia. Por otro lado, de las 24 capitales de provincia ecuatorianas, solamente 10 eligieron a sus alcaldes con un porcentaje superior al 50% de los votantes y 14 lo hicieron con porcentaje inferior. Por su parte, en Chile y Colombia se está impulsando reformas para que los alcaldes sean elegidos con la mayoría absoluta de los vecinos, insertando para ello la segunda vuelta electoral, si en primera, los candidatos no alcanzan ese porcentaje. Finalmente, vale considerar que democracias sólidas como la de Alemania, Francia e Italia exigen la celebración de una segunda vuelta para elegir alcaldes en sus ciudades, en caso de que ningún candidato logré la mayoría absoluta.
La justificación de insertar en el ordenamiento una segunda vuelta para elegir alcaldes se encuentra en el hecho de que los dignatarios deben gozar de una mayor legitimidad en el vecindario, lo cual,  estaría alineado con una democracia consolidada. En contra de aquella posición está el obvio argumento del mayor gasto que se generaría y el que teme a los sombríos  pactos politiqueros para alcanzar a ultranza la mayoría absoluta.
Para establecer lo que más conviene a la colectividad debería  analizarse el tema con profundidad, dado que elegir alcaldes con minúsculos e insuficientes porcentajes de apoyo ciudadano resulta muy preocupante. Claramente, aquello sería para las elecciones posteriores a las del 2019 y aplicaría también para Prefectos. 

martes, 20 de noviembre de 2018

Ponencia presentada por Santiago Armijos Valdivieso, Miembro de Número de la Casa de la Cultura Núcleo de Loja, el 27 de noviembre de 2015, en el Simposio Nacional de Literatura Loja 2015 “Alejandro Carrión Aguirre y Carlos Manuel Espinosa”.


ALEJANDRO CARRIÓN, COLOSO DEL PERIODISMO
Hace algunos días, al salir de mi casa de habitación para cumplir con mis “trabajos alimenticios” (aquellos, a los que Mario Vargas Llosa los identifica como los que cumplimos para llevar el pan de cada día, tan diferentes a los que realizamos por placer), recibí una cordial llamada telefónica del Dr. Félix Paladines Paladines, Presidente de la Casa de la Cultura, Núcleo de Loja, mediante la cual tuvo la gentileza    de invitarme a participar en el Simposio Nacional de Literatura Loja 2015 “Alejandro Carrión Aguirre y Carlos Manuel Espinosa”, con una ponencia sobre el intelectual lojano Alejandro Carrión Aguirre, en su faceta de periodista. A pesar de mis limitaciones y mi falta de merecimientos, con enorme agradecimiento y sonoro entusiasmo acepté la invitación, motivado, principalmente, por dos razones.
La primera, porque se trata, verdaderamente, de un periodista virtuoso, honesto, frontal, valiente, cuyo accionar no tuvo límites para alcanzar la verdad, y cuya elevada labor periodística lo convirtió en el más destacado e influyente periodista entre los años cincuenta y ochenta, a quien he admirado gran parte de mi vida. 
La segunda, porque es un privilegio intentar referir en tinta y papel, y a pesar de mi condición de profano en el oficio, la faceta de periodista de un pensador de la talla de Alejandro Carrión, de quien  escuche, desde mi niñez y juventud,  en medio de apasionantes y aleccionadoras tertulias familiares que se dan en Loja, de boca de un amigo y colega suyo, mi abuelo paterno Arturo Armijos Ayala, los más elevados y superlativos calificativos para describir las virtudes y aciertos que Carrión tuvo como poeta, periodista,  novelista, ensayista, polemista y político.
Empiezo entonces. Alejandro Carrión Aguirre nació en 1915, en esta especial y querida región del Ecuador que llamamos Loja, en la que empieza la patria y se agachan los andes, caracterizada por la inconfundible idiosincrasia de sus gentes inquietas, insatisfechas, rebeldes, sensibles, enamoradizas, algo bohemias, curiosas, querendonas del terruño, tan permeables al vicio y maravilla de la cultura en sus distintas manifestaciones, y luchadoras permanentes contra el centralismo indolente de los múltiples problemas que aquejan las tierras del sur, en donde se siembra y cosecha la yuca, la zarandaja, las pomarrosas y las limas.
Aprendió a leer y a escribir en la Escuela de los Hermanos Cristianos, cuyas primeras e imborrables  experiencias de vida quedaron perennizadas en su novela La manzana dañada, que siendo niños la leímos con avidez, acongojándonos con las tiernas e impactantes experiencias noveladas contadas con maestría por el autor, las cuales siempre recordarán que el sufrimiento y los abusos, también forman parte del paisaje lojano. 
Dio sus primeros pasos en la literatura a través de las aulas del Colegio Bernardo Valdivieso. Sobre aquello, otro ilustre lojano, el Dr. Ángel Felicísimo Rojas, en el prólogo que escribió a la obra El último rincón del mundo, de autoría del propio Carrión, refirió, con verdad, lo siguiente …mi primera aproximación al precoz escritor que fue Alejandro tuvo lugar cuando él, en sus flamantes doce años de edad, tocaba las puertas del venerable colegio nacional “Bernardo Valdivieso”, en su ciudad natal. Me correspondió vigilar a quienes aspiraban a ingresar a ese plantel, en mi condición de flamante inspector. Fue mi primer sorpresa: el examen del novísimo aspirante versaba sobre historia patria, y en el plazo de una hora había escrito una composición perfecta. Se anunciaba desde entonces el futuro gran escritor. Cuando terminó su tarea en el tiempo reglamentario, recogí los exámenes y me anticipé a leer lo que había escrito con letra clara, ortografía impecable y una redacción de espontánea elegancia…Alejandro, sin duda, había nacido con el don.”
Con el don de la escritura, estimulado por sus profesores de secundaria y perfeccionado su talento con el tiempo, a lo que se suma su recia personalidad identificada con la defensa de las causas y problemas de los que no tienen voz, y con una accionar valiente y frontal, inició su faceta de periodista  en el semanario “La Opinión del Sur” de Loja, en calidad de Jefe de Redacción.
Desde aquella actividad, surgida en la tierra que lo vio nacer, Carrión se desempeñó como uno de los periodistas más prolíficos del Ecuador, cuya elegante y afilada pluma, siempre estuvo al servicio de los más prestigiosos periódicos nacionales y extranjeros,  revistas políticas y culturales, sea como director, como columnista o como colaborador.
Seguramente su larga y ejemplar faena en el periodismo ecuatoriano, podría estar descrita y contenida en aquellas frases de Atticus Finch, personaje ficticio creado por Harper Lee en su maravillosa novela Matar a un ruiseñor, que dicen: “Lo único que no sigue la regla de la mayoría es la conciencia de la persona”; “Eres valiente cuando de antemano sabes que están vencido y de todos modos emprendes el camino y sigues adelante pase lo que pase. Difícilmente ganas, pero alguna vez sí lo consigues”; y, “Lo educado era hablar a las personas de aquello que les interesaba a ellas y no de lo que le interesaba a uno”.
Escudriñando por las rendijas de la historia del periodismo ecuatoriano,  puedo decir que entre las responsabilidades periodísticas más destacadas de Carrión, destacan con brillo propios las que constan a continuación.
En 1947 fue redactor del Diario El Tiempo y de la Revista Sábado.  Desde 1948 hasta 1968, escribió en diario El Universo de la ciudad de Guayaquil, en la columna Esta vida de Quito bajo el seudónimo Juan Sin Cielo,  inicialmente con una regularidad de tres veces a la semana y posteriormente en forma diaria.
El mismo Ángel F. Rojas, refiriéndose a esta columna periodística de Carrión durante veinte años dice: “…gozaba de una popularidad envidiable. Popularidad que se la conquistó en buena ley, y casi sin proponérselo: le bastó entrar como columnista en el gran diario porteño El Universo donde tenía una columna diaria que ostentaba como título “Esta vida de Quito”, y la redactaba un seudónimo que se hizo famoso, “Juan sin Cielo”, largos años la mantuvo, y por cierto que derrochó en ella ingenio, mordacidad, una insobornable franqueza, un humor corrosivo y una risueña maldad, que hizo reír a todo el país. No es exagerado decir que lo primero que se leía en el periódico era su vitriólica al par que sonriente columna…”
Con temperamento progresista, y asiduo contradictor del populismo pregonado por Concentración de Fuerzas Populares,  liderado por Carlos Guevara Moreno y de su órgano de difusión la revista Momento,  Alejandro Carrión fundó en 1951 la Revista El Alacrán, la cual tuvo enorme aceptación, gracias a sus contundentes mensajes que salieron al paso para enfrentar al caudillo Guevara Moreno, cuyos furibundos dardos los dirigía a todo aquel que pensaba diferente. Para ese mal, el remedio fue Carrión, quien sin temor alguno libró una enorme lucha en los campos de batalla de la inteligencia, con las únicas armas que estaban a su alcance, su revista y su  pluma.
Con la intención de que se dimensione el ímpetu y contundencia de su escritura,  doy lectura  a un fragmento del primer editorial de la Revista El Alacrán, titulado “Para que vinimos” escrito por Carrión: “No es posible permanecer indiferentes ante las actitudes menguadas de quienes, camuflándose con el ropaje de conocidas ideologías, o tomando en vano el sacrosanto nombre de un pueblo, ejercen el miserable papel de quintacolumnistas, y llevan a las organizaciones políticas la confusión y el caos; actitudes que cobran aliento por la cobarde complicidad del silencio y por el juego de intereses creados. Y en este campo se están levantando, además figurones de opereta venidos a mayores, y a quienes hay que reprimir, denunciándolos ante la opinión pública, como a miserables traficantes de la política, merecedores del repudio popular. El silencio cobarde ha permitido que elementos que ayer fueron ya anatematizados por la conciencia ciudadana, por sus actitudes criminales, por su concupiscencia y desbordes gansterianos, quieran hoy erigirse en dictadores de opinión, tratando de echar una cortina de humo ante la ciudadanía, para que no pueda ver, en mirada retrospectiva, el cuadro dantesco que esos títeres de ayer, ofrecían al pueblo ecuatoriano con sus orgías, robos y depredaciones”.
La valentía de Carrión era de las que no medían consecuencias, de las que no tenía límites, en razón de estar convencida de que la labor de un periodista, solamente,  es trascendente y vale la pena cumplirla, cuando es instrumento para encontrar la verdad en representación de los más vulnerables. Ello, lo llevó a experimentar durísimas adversidades que jamás lo disminuyeron o amedrentaron. Un ejemplo de aquello se dio en 1955, cuando en su columna diario El Universo denunció los pecados y corruptelas gubernamentales y fue detenido, por órdenes del Ministro de Gobierno de ese entonces, a la salida de los funerales del poeta Rafael Vallejo Larrea, junto a sus amigos Pedro Jorge Vera y Jorge Enrique Adoum, y condenado a cuatro  días de cárcel. Poco tiempo después, fue agredido físicamente por garroteros enviados por el Gobierno de turno, al punto de romperle el tabique de la nariz y dejarlo ensangrentado. Según lo indica Rodolfo Pérez Pimentel en su Diccionario Biográfico Ecuatoriano, Carrión habría dicho con ironía e irreverencia, sobre el incidente… "Me sacaron de mi casa con orden judicial y me golpearon la cara bárbaramente, que tuvieron los médicos que reconstruírmela. No sé si hoy será mejor que antes. Nunca fue gran cosa".
Aquello constituye un indudable ejemplo de valentía temeraria de un periodista que para denunciar la verdad no escatimó esfuerzo, incluso a riesgo de su propia vida. Si estuviera hoy junto a nosotros respirando nuestro aire y sufriendo nuestras angustias, seguro que continuaría trabajando con la misma tenacidad y precisión que lo caracterizaron, creando desde su tintero lleno de cultura e inteligencia, los más certeros truenos de letras, puntos y comas,  en defensa de la libertad de expresión.
Junto a otro gran periodista, Pedro Jorge Vera, en 1957, fundó el semanario político “La Calle”, en el que sin ambages se escribieron contundentes opiniones sobre los más importantes acontecimientos políticos del momento.
En 1969, empezó a escribir sustanciosos artículos de la realidad nacional e internacional en la influyente revista ecuatoriana Vistazo. Desde 1980 hasta su muerte, ocurrida  en 1992, sus artículos bien trazados y de relevancia,  se hicieron sentir en todo el Ecuador, a través del acreditado diario El Comercio.
Con sobra de méritos fue distinguido en 1985 con el Premio Nacional Eugenio Espejo, expresando emocionado en la ceremonia de homenaje, una conocida y hermosa frase que podría ser una radiografía de su alma y de su sentir profundo: “Me ha sido concedido crear belleza con mi mente y vida con mi amor: mi compañera y mis hijos me miran en este instante solemne, y se que son mi vida, lo mismo que mis libros y el artículo con el que cada día dialogo con mis conciudadanos desde hace cincuenta años”.
En definitiva, estamos hablando de un gladiador del intelecto sin reposo, que diariamente escribió con disciplina espartana, con calidad incomparable  y con ejemplar devoción por el oficio, siempre dentro de los postulados de la ética y justicia.
Así mismo, me estoy refiriendo, a un gigante del periodismo, cuyo estilo incisivo y letal,   fue la causa de insomnio de quienes ostentaban el poder y un freno moral al aquelarre obscuro de la corrupción política nacional, enconada en muchas de las tendencias  ideológicas, para las cuales dedicó en forma oportuna y precisa, verdaderas piezas de artillería intelectual.
Los detractores de Alejandro Carrión han dicho en su momento que su posición ideológica cambió con el transcurrir de los años, lo cual es una apreciación superficial e incompleta, dado que injustamente con ello, se omite el hecho de que Carrión jamás claudicó su identificación con el bien común, la solidaridad y la justicia por sobre los intereses mezquinos e individualistas; eso sí, como hombre universal e intelectual profundo, fue cuestionándose su propia vida, de acuerdo  a aquella parte sustancial de la dialéctica que acertadamente  afirma que nada está estático, que todo está en continuo movimiento para ser mejorado, desarrollado y conectado con el siguiente eslabón de los hechos que forman parte de la infinita línea del tiempo, que marca y rodea el peregrinar y el devenir de todos los pueblos. Criticar y no aceptar aquello que Carrión abrazó para alinear su pensamiento a las circunstancias y necesidades que marcaban el paso actual de la sociedad, sería abrazar eternamente la inmutabilidad social, la Ley del Talión,  el sectarismo, la visión unidimensional, las guerras y los encarcelamientos y matanzas por pensar distinto, en franco desafío a la verdadera democracia, que se asienta en la legalidad, la libertad de crítica, en la prensa libre, en las elecciones y en la alternabilidad del poder.
Este incansable y multifacético intelectual lojano, pergamino brillante de la lojanidad, ha vencido al tiempo y su labor en la novela, en el ensayo, en la poesía, y en el periodismo, se mantiene imborrable en la memoria y el pensamiento de las nuevas generaciones de lojanos, quienes cuando nos vemos amenazados por los obscuros nubarrones de la mediocridad, el menor esfuerzo y el escalofriante temor a expresar lo que sentimos, encontramos en su obra periodística, una brújula, una luz y un mapa ilustrado  que nos permite navegar con menos inseguridad en las turbulentas aguas de ese inmenso océano llamado periodismo, siempre azotado por los terribles vientos del poder político y del poder económico.
Por todo ello,  mi tributo y admiración para Alejandro Carrión Aguirre, sin ninguna duda, un coloso del periodismo.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Mario Vargas Llosa en Ecuador



Tuve la oportunidad de asistir a la conferencia, El futuro se piensa hoy,  pronunciada en Guayaquil -12 noviembre 2018- por el nobel de literatura, Mario Vargas Llosa.  Como era de esperarse, el evento tuvo la enorme asistencia de cientos de entusiastas espectadores, y particularmente, debo decir, llenó completamente mis expectativas, gracias a la enorme capacidad intelectual y discursiva del conferencista, quien, con precisión matemática de relojero antiguo, pintó oralmente la cartografía del liberalismo, en base a su dilatada experiencia, y a las ideas que bebió de los grandes pensadores liberales como Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean François Revel.

Luego de ratificar su  identificación con la libertad como el más alto y valioso derecho del ser humano y la máxima conquista de la civilización, Vargas Llosa reiteró su compromiso a seguir luchando y enfrentando a todo régimen dictatorial, intolerante y de pensamiento único (sea de izquierda o de derecha) que destruya la vida de los seres humanos, lamentablemente, tan proclives a ser  engañados por los perversos encantadores de serpientes que buscan el show, el grito y el aplauso, en desmedro de la institucionalidad, de la racionalidad, del derecho y de las soluciones serias y de largo aliento,  a los grandes problemas colectivos.

Particular atención mereció entre los asistentes, la alusión del escritor, al hecho de que hoy los pueblos tienen en su voto electoral  la capacidad de escoger entre dos caminos diametralmente distintos: el del progreso, la libertad y la tolerancia, como el caso de Chile, en el que su democracia, respetando matices entre los gobernantes que se suceden en el poder, ha logrado consolidar una nación ordenada, respetuosa del estado de derecho y conveniente para el desarrollo social y económico de propios y extraños; o en su defecto, el del caos, de la destrucción, de la persecución y del hambre, como el caso de Venezuela, gobernada por una abusiva caricatura de Presidente, de la cual huyen desesperadamente millares de venezolanos a países como Colombia, Perú, Ecuador, Argentina o al mismo Chile, y no al supuesto “paraíso socialista” de Cuba, porque saben que huir de una dictadura para ser azotados por otra, empeoraría su situación.         

La presencia de Mario Vargas Llosa en Ecuador hubiera sido impensable en el intolerante gobierno de R. Correa, quien visceralmente lo descalificó y llegó al iracundo extremo de llamarlo “limitadito”. Venturosamente, esos obscuros tiempos, del insulto atroz y del odio ciego, están desapareciendo, y mal que mal, hoy se respira mejores aires en Ecuador,  cada vez menos contaminados por las toxinas del sectarismo, de la prepotencia y de la persecución.

Al escribidor peruano, autor de fabulosas obras como La ciudad y los perros, La Fiesta del Chivo, La casa verde, Conversación en la Catedral, La guerra del fin del mundo, El pez en el agua, La civilización del espectáculo, Pantaleón y las visitadoras, Travesuras de la niña mala y La Llamada de la tribu, es justo valorarlo y admirarlo por su extraordinaria inteligencia, por su magistral pluma y por su valentía quijotesca para defender lo que piensa, siente y le apasiona…la libertad y la cultura.

Quizá, el pasaje de la obra cumbre de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, que a continuación transcribo, resume el principal ideal del gran maestro de la literatura y de la vida, Jorge Mario Pedro Vargas Llosa: “(…)La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres(…).

Ojalá, Vargas Llosa regrese pronto al Ecuador, su enorme talla cultural y libertaria será siempre trascendental para guiar los destinos de los pueblos del mundo hacia el progreso y la libertad.

Loja (Ecuador), 15 de noviembre de 2018.

    


SEGUNDO GRUPO DE LECTURA LOJA

Desde el 2012 han transcurrido sesenta meses. Refiero aquel recoveco del tiempo, porque precisamente en ese año se cristalizó la idea de formar en nuestra ciudad, un grupo semilla de lectura que permita compartir emociones y experiencias literarias, rompiendo el cierto paradigma de que la lectura es una actividad de a uno, silenciosa y aislada. Digo cierto paradigma, porque practicar la lectura es salir individualmente, de lo real y de lo mundano, para ingresar en esa especie de portal mágico que son los libros, a través de los cuales, con placer y curiosidad, nos trasportamos a coloridas dimensiones para vivir las vidas que muy difícilmente viviremos, conocer lugares que jamás imaginamos y aprender de personajes fascinantes. Los lectores deben estar conscientes que el goce de la lectura tiene un precio con varios rubros: soledad, paciencia, tiempo y completa atención para que la inteligencia transforme las letras, puntos, oraciones y párrafos, en sonidos, colores, sabores, sentimientos, paisajes, rostros y aprendizajes. Todo ello para engrandecernos el intelecto, dar mayor tamaño a nuestra pequeñez humana, ensanchar nuestra limitada vida y rescatarnos, a través de la maravilla de los sueños despiertos, de la banalidad y la monotonía. De ahí la importancia de estimular el encuentro de lectores para que, rompiendo el gris individualismo, puedan intercambiar experiencias literarias en ese ambiente de empatía y cordialidad que solo puede ser provocado por el contacto con nuestros semejantes; adicionalmente ello permitirá, que con mayor entusiasmo y facilidad, los lectores descifren y entiendan el alcance de las novelas, ensayos, poemas, historias y relatos que tanto color dan a nuestra vida. Las reuniones del Grupo de Lectura Loja –así llama la rueda de lectores- han sido extraordinarias, gracias al trueque de valiosos datos culturales, producido en medio de un grato ambiente e intensas reuniones que se extienden hasta altas horas de la noche y bajas del amanecer. Calculo que los cenáculos han sido aproximadamente unos cincuenta, en los que han participado lectores como José Rodrigo, Ángel, César, Lucía, Carlos, Bernardita, René, María, Rafael, Claudia, Lenin, Ulises, Rodrigo, María del Carmen, Hugo, Pedro, Karla y quien relata este texto. Cabe precisar que no todos actualmente siguen participando, a causa de varias circunstancias, como limitaciones laborales o familiares, cambio de lugar de residencia o impedimentos laborales. Sin embargo, el grupo sigue ahí, vivito y leyendo, esperando la nueva reunión que fijen sus miembros para saborear la prosa de algún escritor y, por supuesto, para escuchar nuevamente las voces, ocurrencias y preferencias literarias de los amigos. Cumpliendo con otro de los objetivos del Grupo de Lectura Loja: invitar a más lectores del vecindario lojano, el viernes, 28 de septiembre de 2018, se logró crear el Segundo Grupo de Lectura Loja. La cita inició con la bienvenida a los nuevos integrantes y luego se dio paso a la exposición de las razones de la existencia del grupo, de los lineamientos de las reuniones, y algún detalle complementario, de necesario conocimiento, para el amistoso funcionamiento. Al no haberse pactado la socialización de algún libro en particular, se optó por dialogar en torno a las obras leídas recientemente por los asistentes, y la verdad es que la idea fue exitosa porque de ella surgieron varios temas librescos que encendieron la chispa del entusiasmo. El primer contertulio compartió impresiones de las obras: Una novela criminal del mexicano Jorge Volpi y Psicosis de Roberth Bloch. Continuó el siguiente integrante, relatando su experiencia lectora con la polémica, pero adictiva novela erótica de Almudena Grandes: Las edades de Lulú, y la novela jurídica El soborno de Jhon Grisham, aquel abogado estadounidense que dejó el exitoso ejercicio profesional para dedicarse, por entero, a escribir novelas jurídicas con enorme éxito. Fue el turno del tercer lector, para referir su experiencia sobre un ensayo histórico de México, haciendo énfasis en la impresión causada por el esplendor y riqueza de tan imponente nación latinoamericana, llena de íconos turísticos e históricos, como el Castillo de Chapultepec, las Pirámides de Teotihuacán o el Zócalo Gubernamental. Otro de los contertulios reveló su pasión por la lectura de obras jurídicas, y por aquellas que abordan el estudio de la mente y de la programación neo lingüística, citando como uno de sus autores especiales al indio Deepak Choopra; eso sí, ratificando su interés gigante por el mundo de la ficción, el cuento y el relato. En lo que a mí respecta, compartí los buenos ratos literarios que pasé, recientemente, con las obras: Una novela criminal de Jorge Volpi, El túnel de Ernesto Sábato, Sálvese quien pueda de Andrés Oppenheimer, Diario del Fin del Mundo de Mario Mendoza, y Grandes entrevistas de grandes escritores de Diario El Tiempo de Colombia. La noche y la madrugada avanzaron ligeras hasta que los invitados debieron retirarse a sus casas, no sin antes, expresar saludos de alegría por haber hecho posible que el Segundo Grupo de Lectura Loja sea una realidad. Los amigos resolvieron comentar en la próxima reunión, el ensayo titulado De animales y dioses, del israelí Yuval Noak Harari. Seguro que también lo disfrutaremos. Loja ha sido tierra de cultura, pero todo quien se identifique con aquello debe demostrarlo en la acción y en los hábitos, para no vivir, solamente, de las mieles de las glorias pasadas. Leer y reunirse para leer, puede ser un buen inicio.